Diario de un Robot · 14 de diciembre de 2020December 14, 2020 · Serie: Anecdotario
Anecdotario 02: magia, Navidad y finales
“El tacto es el más desmitificador de todos los sentidos, a diferencia de la vista, que es el más mágico” — Roland Barthes, Mythologies
This essay is only available in Spanish for now.
“El tacto es el más desmitificador de todos los sentidos, a diferencia de la vista, que es el más mágico” — Roland Barthes, Mythologies

Pasado
En mi foto carnet de primer grado aparezco de blanco sobre fondo celeste: el pelo negro como cinta de electricista, la cara pálida a tono con mi remera y una oreja despegada (con Dumbo como apodo de regalo). La boca finita deja entrever algún diente caído, es casi una sonrisa. Bajo dos cejas arqueadas y sorprendidas llevo dos ojos como aljibes, en el fondo el destello del agua, una sola estrella. Un ciervo sorprendido por un auto.
“No mirés así. Es de mala educación, ¿no ves que le incomoda?”
Hubo un tiempo en el que hacía magia con la mirada. El lugar óptimo era el campo: un ejercicio de semejante concentración requería silencio y tranquilidad que no hallaba en la ciudad. Como todo buen mago tenía un acompañante: mi papá. Al ver mis ojos negros, grandes como platos, concentrados durante enormes ratos en los más pequeños detalles, se convenció de que tenía la posibilidad de desarrollar telekinesis (los padres pueden sobrestimar las habilidades de sus hijos). Mi tendencia a la fantasía solo le facilitó el trabajo, si a algo le escapaba era a la realidad. Su razonamiento era de humana correlación (esa que aunque lógica desafía la causalidad): compartíamos casa, comidas y la mitad del ADN, ¿por qué no la mente? Había sido demasiado inquieto para el ajedrez, demasiado colgado para el fútbol, quizás lo mío eran las habilidades extrasensoriales.
El truco tenía sus pasos consistentes. Primero nos sentábamos uno frente al otro, él con el mazo de cartas en mano, yo quietecito en mi silla. Luego él mezclaba, sacaba una carta, la miraba fijo sin mostrarla y se la pegaba en la frente. “Adiviná”. Yo miraba la carta; en el dorso de entramados rojos y blancos los dibujos se retorcían y perdía el foco. Las opciones pasaban por mi mente, hacía no tanto que sabía los números, pero heredé en sangre la tendencia al juego. “Mirame a los ojos”, sus luceros verdes me transmitían la convicción: podía adivinar la carta. Levantaba una ceja y la carta se inclinaba. Achinaba los ojos y las opciones con su mirada disminuían: cuanto más los cerraba, más se achicaba el mazo en mi cabeza. Su cara me invadía y se ensanchaba como en los espejos curvos que, atemorizado, me hacían sonreír. “Ocho de trébol”. La cara enfocada se transfiguraba en sonrisa, aparecían los surcos que hoy marcan su cara. Mi papá gritaba y festejaba, yo me reía y retorcía las manos.
El truco siempre era hecho en privado. Como la rana bailarina, no me gustaba hacer exposiciones de mis habilidades (por pocas que fueran). El espectáculo quedaba restringido a la quinta. Mi mamá nos miraba desde lejos, ponía una cara extraña, la misma que a los debates en la tele. Abría los ojos y fruncía la nariz, me parece que no le gustaba. Después me contó que le preocupaba, tenía miedo de que nos lo creyéramos.
Presente
Hace tiempo que le tengo rechazo a las grandes multitudes y al calor, dos máximas en la Navidad porteña. Las concentraciones de gente desde mi perspectiva son caminar esquivando caracoles o caminadores a contramano, son gritos, frenadas de golpe y algún golpe descuidado de un paraguas o una cartera. El calor húmedo es para mí sinónimo de transpiración, dolores de cabeza y mal humor generalizado. La combinación de ambas son el sello de nuestras fiestas: cientos de personas invaden las calles acaloradas para entrar y salir de locales y tiendas repletas. El golpe de calor al abandonar cada aire acondicionado solo favorece al crescendo de malestar. Cada año sufro por adelantado solo con imaginar la semana del 24 a las corridas, la listita en la mano y eligiendo regalos para cada familiar.
Esta vez me adelanté al porvenir y, en un intento de planificación estratégica, fui a una librería en búsqueda de mis obsequios. A pesar del anticipo, mi mente quedó en blanco frente a los anaqueles de No Tan Puan. Miré durante casi una hora sin lograr que mis neuronas hagan sinapsis, el azaroso cortocircuito de mi cerebro me jugaba una mala pasada. Aunque la visita no fue en vano. Volví con mucho para pensar de camino a casa. Luego de una ducha decidí que no me daría por vencido, me acerqué primero a Kel y finalmente a Caleidoscopio donde conseguí todos los regalos antes de terminar el día (que encima estuvo fresco). Sentado en un banco de la plaza, con las bolsas de regalo prolijas a un lado y mientras tomaba un helado de recompensa, pensaba triunfante: “me vas a tener que agradecer, Fidel del futuro”.
Futuro
Estoy preparando mi anteúltimo final de la carrera que rindo el 24 de diciembre, como para que 2020 sea del todo excepcional. No puedo pensar más allá de eso.
Que termines bien la semana,
Fidel
Seguir leyendo
Un ensayo por semana, en tu mail.One essay a week, in your inbox.
Escribo ficción y ensayo desde 2020. Si te gustó este, el próximo llega a tu casilla.I've been writing fiction and essays since 2020. If you liked this one, the next lands in your inbox.
Si te sirvió, invitame un cafecito.If this was useful, buy me a coffee.
Versión corregida para el sitio.Revised version for the site. Original en SubstackOriginal on Substack, 14 de diciembre de 2020December 14, 2020.