Diario de un Robot · 11 de enero de 2021January 11, 2021 · Serie: Anecdotario
Anecdotario 04: Altura, tema y nuevo formato
“Si no miro donde piso puedo poner un pie en el vacío, y si miro, para poner el pie donde debo, me mareo”. —Gloria Fuertes
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“Si no miro donde piso puedo poner un pie en el vacío, y si miro, para poner el pie donde debo, me mareo”. —Gloria Fuertes
Pasado
Entrenábamos rugby en el INCUCAI. Ahí supo haber un estadio, o al menos unas gradas. Las enormes escalinatas están cubiertas por un techo altísimo, que por algún motivo extraño tiene agujeros regulares. Hacía sombra pero dejaba los asientos mojarse en los días de lluvia. Practicar y entrenar era divertido, pero cuando venía el profesor de reemplazo el entretenimiento se terminaba. Nos ponía a hacer fatídicas repeticiones de ejercicios, elongaciones y rutina. Además, a la hora de jugar solo elegía a quienes jugaban bien. Nunca fue mi caso.
Tocaba día de reemplazo y esa mañana había llovido. El clima era ideal para no prestar ni un poco de atención a la práctica. Con mis botines y mi shortcito me fui entonces a explorar el lugar, sabía que pocas veces se notaba mi ausencia. Recorrí entonces los alrededores de la cancha, las casitas estilo chalet y la pileta gigantesca, vacía. Pero como un mamut a la distancia las gradas me llamaban, y algo brillaba en el fondo, apenas un brillo herrumbrado.
Me acerqué, las gradas eran altas, iba a los saltos de una a otra, siempre subiendo. Ya desde el fondo se veían mis compañeros pequeñitos y hasta el entrenador, un colorado grande como una heladera, parecía un fósforo. Iba y venía por el escalón más alto haciendo mímica de exploradores en búsqueda del ídolo dorado. Ensimismado apenas recordaba el mundo exterior cuando dejé de mirar hacia adentro, tenía enfrente una escalera vertical. Decir escalera siempre me pareció generoso para esas construcciones que no son más que un fierro doblado sobre la pared. Probé la resistencia de la primera, subí, puse mi pie. Salté para ponerla a prueba otra vez. Había pasado las precauciones de seguridad. Miré hacia arriba, me esperaban fácil dos ballenas de altura, pero nunca fui bueno calculando espacios.
Mientras trepaba no cometí el error de principiante: nunca miré hacia abajo. Quizás me hubiese dado cuenta de que dejaba atrás una y otra vez mi altura multiplicada en el vacío. Cuando llegué a la cima tuve que pasar por un hueco, una vez arriba sobre el tejado me sentí haciendo eco de la aventura con los deshollinadores. Miraba demasiado el paisaje, el río se abría infinito frente a mí y Figueroa Alcorta parecía menos que una vena. Miraba tanto hacia lo lejos que casi olvidé mirar al suelo de gruyere, los agujeros se abrían sin precaución al vacío. Nadie había tenido la sensibilidad de ponerme una baranda, un límite.
Allí noté la verdadera distancia: a través del agujero y a la sola distancia de un paso en falso. Era flaco como una escoba y cabía varias veces por su diámetro. En su magnitud vi mi caída. El estómago se me hizo un nudo, los ojos se borronearon y, años más tarde, Hitchcock me haría sentir identificado en su campanario, pero seguí. Me tiré cuerpo a tierra y jugué aún un poco más, me acerqué al borde de la cornisa, debajo solo me esperaba la cancha, o quizás el cemento.
Los vi entonces, los monigotes ya no jugaban, el fósforo estaba junto a ellos, y el entrenador principal, que llegó más tarde, estaba gritando mi nombre (junto con algunas improcedencias). Descubrí entonces del todo la fragilidad de mi posición, apreté la mandíbula y de golpe la luz era demasiado para mis ojos.
Llegó el miedo, me encontré con el mayor enemigo del hombre, peor aún del niño. Con el cuerpo tenso, casi paralizado, gatee. Los agujeros se me hacían ahora inmensos, absorbentes, y el suelo tan traicionero como una tabla pirata. El hueco por donde había subido era tan tentador como tirarse a un aljibe. El primer pie sobre el hierro viejo fue más difícil que todos los de subida. Bajé mirando el suelo, el entrenador me esperaba abajo, era tal la distancia que no veía su cara, probablemente de enojo. Casi llegando al suelo me cazó de la cintura, era de alivio.
Presente
Cada comienzo es una situación ideal para el reinicio de mis neurosis. A pesar de estar de vacaciones (empecé este texto desde el Hotel Tronador), no podía dejar de pensar en cómo empezaría el año. Como es habitual me fui a revisar mis apuntes de internet, sabía que tenía algún vídeo, artículo o libro al respecto, enseguida lo hallé: Your Theme. Con la fantástica brevedad de YouTube propone un plan simple: abandonar la sistemática proposición de objetivos (a los que habitualmente fallamos) para reemplazarlos por un tema personal.
Si el año que pasó (nos pasó) demuestra algo es que la aleatoriedad propia del universo dará por tierra con la mayor parte de las expectativas que tengamos para el futuro. Los objetivos demasiado concretos son veloces a caer en el olvido, el error o la resignación. El objetivo concreto es una diana pequeña, es darle en el 100, y por más satisfactorio que sea lograrlo, la probabilidad de errar es alta y si esto provoca que dejemos de intentar estamos perdiendo.
Ampliar el caudal de opciones que consideramos positivas puede darnos resultados menos precisos, pero con flexibilidad a los cambios de circunstancias y a nuestros esfuerzos dispares. Además nos permite modificar qué consideramos un éxito durante el año, si este año es para mí “el año del crecimiento” puedo cambiar mi definición de crecimiento, incluir más cosas o dejar de lado actividades que creí necesarias pero no probaron su efectividad.
Sé que esto puede sonar impreciso, vago y naif, y de hecho lo es. En una generación que valora la productividad y la precisión no es mala idea integrar herramientas por fuera de nuestro espacio habitual. Incorporar perspectivas abarcadoras puede, sorprendentemente, ayudarnos a perfeccionar con mayor efectividad nuestros sistemas personales y alcanzar nuestros objetivos.
Futuro
Perdón por haberte dejado sin noticias del newsletter desde el año pasado, entre vacaciones, cuarentenas y exámenes se me fueron los días sin darme cuenta y, una vez que perdí una entrega, la energía para retomar era altísima. Sin embargo, estos días no fueron en vano, estuve dedicado a retomar mis lecturas y comencé una nueva dieta: la dieta Bradbury. Esta consiste en un cuento, un ensayo y un poema por día: en un año (imaginando que nunca fallamos) llegaremos a 1095 textos nuevos. Aunque la matemática sea muy simple suena a un número impresionante en comparación a lo poco que requiere por día.
Esta nueva costumbre me llevó a considerar un cambio de formato. A partir de ahora voy a centrarme en estas lecturas, extraer de ahí recomendaciones (no prometo extensa crítica literaria) y algunas citas. Cada día voy a ir subiendo la información a un Instagram dedicado que pueden seguir acá.
Ojalá les interese y espero verlos allá.
Espero que mi ausencia haya sido discreta,
Fidel
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