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Diario de un Robot · 10 de junio de 2020June 10, 2020

J.R.R. Tolkien y la noción de progreso

All that is gold does not glitter, Not all those who wander are lost; The old that is strong does not wither, Deep roots are not reached…

12 min de lectura · Libros, cine y juegos Filosofía Tiempo

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All that is gold does not glitter,
Not all those who wander are lost;
The old that is strong does not wither,
Deep roots are not reached by the frost.

La vida de John Ronald Reuel Tolkien (1892–1973) estuvo marcada desde sus inicios por desdichados eventos. Perdió a su padre con tan solo cuatro años, después del traslado de su familia al Reino Unido. Más tarde muere su madre víctima de la diabetes (en épocas donde aún no existían los tratamientos actuales) y, finalmente, pierde a gran parte de sus amigos y cofundadores de una sociedad literaria (la TCBS) en la Primera Guerra Mundial. Su experiencia en la batalla de La Somme, la más sangrienta en la historia del ejército británico, con casi medio millón de bajas mortales entre los aliados, lo expuso a los horrores de la guerra moderna y lo llevaría a desarrollar puntos de vista críticos sobre muchos aspectos de la sociedad británica en particular y occidental en general.

Varios de estos eventos lo acercaron al catolicismo, religión que practicaría siempre con entusiasmo, aunque con puntos de vista particulares. A partir de sus propias experiencias y su ferviente catolicismo trasladó la idea del Mal a la literatura.

El siglo XX vivió lo más parecido a la encarnación del Mal que había padecido la Humanidad hasta ese momento. El ascenso de los totalitarismos europeos con Hitler, Mussolini, Stalin y, finalmente, el régimen de Vichy, obtuvo como respuesta decididas opiniones pacifistas en el autor. Luego del fiasco de “La Guerra para acabar con las guerras”, la sociedad británica necesitó un fuerte empujón por parte de Winston Churchill (y el hecho de tener a nada más y nada menos que Adolf Hitler del otro lado del Canal de la Mancha) para retomar el esfuerzo bélico e intervenir en el conflicto que culminaría con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

En una reminiscencia a las creencias de Daniel Defoe, quien afirmaba la injerencia del Diablo en la Historia (versión que retoma Wonder Woman), Tolkien cree en el Mal como entidad real, en constante lucha contra el Bien. En su obra aparece a través de villanos que lo encarnan: dentro de El Silmarillion, su legendarium, en la figura de Melkor o Morgoth, el más bello y capaz de los Valar (dioses o titanes menores, creados por Eru Iluvatar, el único) que en su egocentrismo se define por el Mal para controlar la Tierra Media. Las similitudes con Lucifer y el Ángel Caído de Milton son notables.

También con los orcos: deformaciones de elfos y humanos; concepto que recuerda a la teoría evolutiva de Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, según la cual ciertas especies daban lugar a otras “degeneradas” debido al cambio de ambiente. En este caso, pasar de las civilizaciones bellas y asociadas a la Naturaleza de los elfos hacia las tierras oscuras de Mordor, que remiten a sectores industriales, pobladas de orcos, feos, brutos e irracionales. Estas imágenes se pueden apreciar en la recreación de Peter Jackson de Las dos torres. Luego, la figura del Mal continúa en Sauron, el villano de El Señor de los Anillos, quien es, en realidad, una figura menor, degenerada, en comparación a su maestro, Melkor.

Sin embargo, Tolkien no cae en la obviedad de dejar al Mal en el afuera, sino que lo sitúa dentro de cada uno de sus personajes. Esa lucha interna es la que hace tan difícil la tarea de destruir al Anillo. Isildur, luego de vencer a Sauron, se hace con el Anillo; luego Sméagol mata a su amigo y se ve convertido en Gollum por su corrupción; incluso Bilbo, el ser más afable de la saga, sucumbe a la tentación, la que será esquivada por Gandalf pero se llevará a Boromir. Finalmente, cuando las cosas no podían estar más complicadas, y repitiendo la escena de Elrond e Isildur, la tentación llevará a Frodo a ceder en el momento crucial.

Tolkien recupera el famoso aforismo acuñado por Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, mezclándolo con la noción cristiana de la Larga Derrota aunque dándole otra vuelta: cuando llega el momento de la verdad el héroe falla. Esto diferencia al Señor de los Anillos de otros libros de fantasía. “La maldad destruye a los malvados; serán condenados los enemigos de los justos (Salmos 34:21)”. El Mal contiene su propia destrucción. Es el actuar de Gollum y su lucha contra Frodo lo que logrará la destrucción del Mal.

Tolkien le da cuerpo al Mal pero también nos dice que se destruirá a sí mismo. Además, no culpa a Frodo por su caída. Solo ha sido vencido por su maldad, como podría haber caído agotado por el cansancio o abatido por una flecha. Es así que Tolkien destaca una limitación para la moral del individuo, quizás debido a sus propias experiencias en las trincheras que como tantos otros lamentaría.

En sus personajes, no solo es importante la aventura, sino también la vuelta. Hay algo que llevamos a casa; la guerra no termina cuando termina el conflicto. Es así que sus personajes vuelven a una Comarca que ha sido afectada por el Mal de la Tierra Media. Frodo, además de ser herido por una daga nazgûl, ha perdido un dedo, recordatorio de su falla a último momento, e incluso no puede permanecer demasiado con sus compatriotas antes de tener que navegar con los elfos hacia el oeste, hacia los Salones Tranquilos, donde deberá descansar ya que trajo consigo una carga demasiado pesada. De esta manera se establece que el tiempo ha pasado, pero no necesariamente avanzado.

Tolkien escribió en una de sus cartas: “Soy, en efecto, cristiano, de modo que no espero que la historia sea otra cosa que una larga derrota, aunque contenga (y una leyenda lo puede contener más clara y conmovedoramente) algunos atisbos de la victoria final.” Desde El Silmarillion hasta el final de la Guerra del Anillo, la historia de la Tierra Media es un cúmulo de desgracias que acaban en la progresiva desaparición de los elfos y la corrupción de los hombres.

La concepción de la Historia imperante durante la formación y los años de enseñanza de Tolkien era de fuerte impronta positivista. Los pueblos se situaban en una línea que permitía demarcar un creciente progreso o desarrollo, separado en tres etapas:

  1. Estado teológico: ubicado en la Edad Media, con el orden como su principal virtud.
  2. Estado metafísico: ubicado en el Iluminismo y asociado a la Revolución Francesa con su progreso racional reivindicado pero con demasiados conflictos asociados.
  3. Estado positivo: orden y progreso propios de la Modernidad, con el saber científico y material y un orden social basado en instituciones.

Haciendo eco de las etapas postuladas, las distintas civilizaciones son situadas en una línea que va desde cazadores recolectores, pasando por agricultores, luego industriales y finalmente comerciantes. Pero esta noción de progreso en la Historia de la Humanidad no resonaba en la mente de Tolkien, que no la concebía con una estricta flecha de tiempo (concepto que debemos a san Agustín de Hipona, uno de los padres de la Iglesia) sino más bien como la sucesión cíclica de eventos, cada uno menos maravilloso que el anterior, concepción más bien asociada con la Antigüedad o posteriormente con pueblos no occidentales.

Así, sitúa las historias de la Tierra Media y todo su legendarium varias Edades antes de su propia época. La Tierra Media, Middle Earth o midgard, tomado de las leyendas nórdicas, no es más que el planeta Tierra a long time ago in a galaxy far, far away… o su equivalente fantástico. Tolkien crea un legendarium o mitología a la manera griega para el pueblo británico. De esta manera, las sucesivas fundaciones de ciudades fantásticas como Gondolin, que aparece en El Silmarillion, la más complicada y menos exitosa de sus obras, solo dan lugar a posteriores fundaciones menores como Gondor, que tiene su eco en Roma.

Es así como cada uno de estos eventos proviene del pasado y tendrá su eco en el futuro, apagándose de manera paulatina. A este concepto es al que llama Larga Derrota, the long defeat, proceso por el que la Humanidad, o todas las razas de la Tierra Media, se encuentran en una lucha imbatible donde aparecen esporádicos rayos de luz que revitalizan a los combatientes, como la llegada de Gandalf en el Abismo de Helm o la llegada de las Águilas.

El concepto de eucatástrofe, acuñado por Tolkien, refiere al repentino giro de los acontecimientos al final de una historia que permite que el protagonista no sea víctima de un destino terrible. A pesar de sus fallas y mala fortuna, Sam y Frodo son salvados a último momento a la salida del Monte del Destino.

Si la Historia no sigue en una línea recta hacia un futuro mejor, ¿dónde queda la noción de progreso? La respuesta fácil sería que no existe, pero hay más que eso.

Durante su infancia, Tolkien tuvo una fuerte influencia de las pinturas románticas medievalistas de Edward Burne-Jones y la Hermandad Prerrafaelista, además de ser un apasionado de los idiomas antiguos y modernos. Aprendió latín, francés y alemán de su madre y, mientras estaba en el colegio, aprendió inglés medio, inglés antiguo, finlandés, gótico, griego, italiano, noruego antiguo, español, galés y galés medieval. También tuvo acercamientos al esperanto, danés, neerlandés, lombardo, noruego, ruso, serbio, sueco y antiguas formas del alemán y eslovaco, lo que revela su profundo conocimiento sobre todas las lenguas germánicas y un claro pluralismo lingüístico. Su pasión por el pasado lo llevó al estudio de la antigüedad grecolatina, la mitología nórdica y el medioevo, estudios que le facilitaron confrontar con conceptos racistas, como el de raza aria o la ascendencia nórdica.

Cuando le preguntaron sus editores en Alemania en 1938, pleno régimen nazi, sobre su ascendencia aria, respondió: “[…] si debo entender que quieren averiguar si soy de origen judío, solo puedo responder que lamento poder afirmar que no tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo. […] me he acostumbrado a considerar mi apellido alemán con orgullo, y seguí considerándolo así durante todo el período de la lamentable pasada guerra, durante la cual serví en el ejército inglés. Sin embargo, no puedo dejar de comentar que si averiguaciones impertinentes e irrelevantes de esta especie han de convertirse en la regla en cuestiones relacionadas con la literatura, no está entonces distante el momento en que tener un apellido alemán deje de ser fuente de orgullo.”

Afirmó de Hitler: “Arruina, pervierte, aplica erradamente y vuelve por siempre maldecible ese noble espíritu nórdico, suprema contribución a Europa, que siempre amé e intenté presentar en su verdadera luz”. No obstante, mantuvo distancia con su propio bando; llegó a afirmar que los Aliados no eran mejores que los nazis, “al llamar como orcos a la completa destrucción de Alemania”. A su hijo Christopher le envió una carta donde comparaba hechos reales con sus libros “…estamos intentando conquistar a Sauron con el Anillo. Y (según parece) lo lograremos. Pero el precio es, como lo sabrás, crear nuevos Saurons y lentamente ir convirtiendo a hombres y elfos en orcos”.

Y el progreso, ¿dónde está? La noción de progreso que Tolkien tenía en su cabeza estaba ligada a su religiosidad y su devoción cristiana, y oscilaba hacia el concepto de desarrollo, lazo que lo une a otros escritores como G. K. Chesterton y C. S. Lewis. Incluso Chesterton llega más lejos, calificando al progreso como la “madre de los problemas”, si bien afirmó que no todos los problemas son malos. Estas tensiones se ven reflejadas en las obras de Tolkien, ya sea en el concepto de la larga derrota o representadas en los sirvientes de Mordor: Saruman y Sauron. Es Saruman el Blanco quien destruye lo verde alrededor de Isengard, antiguo lugar de magia y sabiduría, en pos de ganar poder y control asociados a una industria y ejército creciente con aspiraciones imperialistas, reflejo de una Europa en plena industrialización para poco después desatar las dos guerras más espantosas que la Humanidad ha conocido.

Sin embargo, Tolkien no era un amante de la alegoría, al menos no en sus formas más burdas, punto que discutió con C. S. Lewis al ver en Las crónicas de Narnia un enlatado poco elegante de metáforas y alegorías religiosas. De todas maneras no podemos dejar de lado que su obra El Señor de los Anillos es, en sus propias palabras, “[…] una obra fundamentalmente religiosa y católica” y una búsqueda, a través de los mitos y la fantasía, de lograr “el eco divino de la Verdad”, concepto que llamaría Mitopoeia o la idea de que los mitos contienen ciertas “Verdades fundamentales”.

A esta altura podemos preguntarnos: ¿qué es la Verdad en la Ciencia de herencia positivista? y ¿qué es para Tolkien?

Saint-Simon, Comte y Stuart Mill, la tríada positivista, postularon que el único conocimiento legítimo, es decir, el conocimiento auténtico o verdadero, puede surgir de la afirmación de las hipótesis a través del método científico. Poco importan las fábulas, las leyendas orales y toda otra cosa que no tenga un fuerte anclaje empírico y repetible. El legendarium queda así del lado de lo emocional, el arte, lo no racional.

Así creo que Tolkien lo hubiese querido, considerándolo como un autor neorromántico e incluso antipositivista. Habiendo alcanzado la fama por la publicación de El Hobbit, hablaría en contra de los Aliados, incluyendo al fuerte aparato tecnocientífico que apoyó a la Segunda Guerra. Horrorizado por los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki, se refirió a los científicos del Proyecto Manhattan como “físicos lunáticos” y “constructores de Babel”, estableciendo a los investigadores como seres irracionales.

¿Cuál es el llamado de Tolkien entonces? ¿Dónde pone su fe y su deseo? Podemos responder al observar sus dos obras más famosas, El Hobbit y El Señor de los Anillos, ambos libros de fantasía de fuerte impronta neo romántica.

Sus personajes principales, estandarte de su obra, y verdaderos héroes son los hobbits, seres epicúreos que viven en sus agujeros en comunión con la Naturaleza. Tolkien llegó a referirse a sí mismo como un hobbit: “Me gustan los jardines, los árboles y las granjas sin mecanizar. Fumo pipa y me gusta comer”. En el prólogo de El Señor de los Anillos sentencia: “No es algo malo celebrar una vida simple”.

Trazamos entonces una relación con los poetas lakistas, de los primeros románticos, donde hay una fuerte oposición a la industrialización y al progreso “porque sí”, sin tener verdaderas consideraciones estéticas o por el bienestar del individuo o la comunidad. Aparece de nuevo esta asociación de lo bello con la Naturaleza en los Ents, hombres árbol; cuando la modernidad impuesta por Saruman promete terminar con su modo de vida estos reaccionan oponiéndose a ese supuesto progreso. Este aspecto se ve reflejado en la propia vida de Tolkien, ferviente ecologista, ciclista opositor al automóvil y a la creciente industrialización de los paisajes ingleses.

Sin embargo la idea de “supuesto progreso” puede ser también confusa; como si por un lado, hubiese progreso necesariamente bueno, y, por el otro, falso progreso, el que lo parece pero en realidad no lo es, asignando por lo tanto negatividad. Volviendo a sus raíces, retoma y hace florecer la idea de desarrollo planteada por Chesterton en oposición al frenético camino del progreso. La importancia de la Naturaleza no es solo estética sino que ejemplifica el modo en el que la Humanidad debe crecer, en concordancia con su entorno, obteniendo fuerza de sus raíces y con base en la cooperación aportando a sus alrededores. Para Tolkien, la conservación del pasado, ya sea en la Naturaleza, los mitos o las ideas, es no solo necesaria sino fundamental.

“…El verdadero desarrollo no significa dejar cosas atrás, como en un camino, sino extraer vida de esas cosas, como si fuesen una raíz. Podemos perfeccionarnos sin estar progresando en lo más mínimo. Porque el progreso, la metáfora del camino, implica que un hombre abandone su casa dejándola atrás; pero perfeccionarse significa que un hombre hace más alta una torre o ensancha los jardines de su casa.”

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