Ficción | adelanto
La chispa
Prólogo de un libro de cuentos actualmente en edición. Esta es una primera versión; el texto final puede variar.
Este texto está escrito en español.
Se hace tarde, escribo de memoria. “A cada línea dejás cosas atrás y arrancás algo nuevo. Necesitás un incentivo para escribir, una recompensa. Es cuestión de encender tu chispa”. Todavía me acuerdo la frase de Fidel y cómo la acompañó con varios chasquidos de sus dedos. Seguí su consejo lo mejor que pude.
Me viene a la mente la primera vez que me senté en mi escritorio con la computadora y una página en blanco. Las teclas prometían ser un lugar donde desahogar mis pensamientos. En una hora había escrito dos (pésimas) líneas, ordenado mi escritorio y leído seis páginas sobre los peligros de los incendios domésticos. Para la ocasión había desempolvado una caja de cigarros de mi padre. Encendí uno. La primera pitada me hizo toser, la segunda me avergonzó. A la tercera, el gusto me mordió los labios. Entre el humo denso del tabaco, tomé mi primera decisión auxiliar: bajé las escaleras, caminé hasta el living y desconecté el router.
Al día siguiente volví a intentarlo, libre de la tentación. Avancé en el texto, las dos líneas fueron cuatro, luego ocho y me acercaba a las dieciséis cuando levanté la mirada. A un lado me esperaba el celular: en un desliz, lo abrí. Cuando volví a mi página, el sol se había escapado. Sentí que, aunque la noche comenzaba, estaba despertando de un sueño. No recordaba las últimas dos horas. Solo me quedaba una sensación agria en la boca. Tomé una nueva decisión.
A partir de entonces, el celular quedó vedado de la habitación, relegado a la mesita donde mis padres supieron tener el teléfono fijo. La sesión fue un éxito, al menos comparativo. Me agaché sobre el teclado cerca de una hora. Solo la luz azul bañaba mi cara cuando noté el hambre. Me levanté de la silla de golpe, vi manchas negras y sentí el mareo. El cuerpo entumecido imitó el crujir de la madera. Arrastré las piernas duras por la circulación interrumpida y sacudí los brazos. Comí parado en la cocina, con la heladera abierta. La luz fría azotaba mis tibias, solo se veía la brasa del cigarro sobre el cenicero; alrededor, oscuridad.
En uno de mis bloqueos, exploré el cuarto buscando inspiración. El escritorio estaba lleno de artefactos, ropa colgada en la silla y recuerdos que no había logrado dejar ir después del funeral. Mi biblioteca tenía más adornos que libros: un autito rojo descapotable, una planta seca, unos bloques desarmados. Una capa fina de polvo se delataba a contraluz en cada estantería y al mover las cosas iban dejando su huella. Seguí la consigna de un taller de escritura: observé cada objeto, como un Buendía al hielo, e intenté retratarlos. Agotados los cigarros, dieron lugar a cigarrillos que aumentaban con los días, acompañados con mentas para el aliento. Empecé a dejar de sentir el humo.
Un control casual con el dentista interrumpió mi proceso: “Tiene manchas en los dientes. ¿Usted fuma?”. Fue todo lo que me quedó de la visita. Golpeado, a la salida llamé a Fidel. Nos encontramos cerca de su casa, entre el bullicio de la gente y el olor del café. Le mostré mi “obra”. Mientras él leía, revisaba por encima del hombro, respirando entrecortado, con una ligera taquicardia. Al releerme por primera vez vi lo atroz de mis palabras, la sensiblería, la descripción evidente de objetos mundanos. Una metáfora obvia del abandono. Cursilerías y clichés. Noté su incomodidad, el deseo de buscar una faceta positiva. La vergüenza trepó mis mejillas. No le dí esa oportunidad, cerré la tapa de la computadora como un portazo. Quise vomitar. Pagué y salí a fumar al fresco de la calle y la seguridad de la primera pitada.
Después de esa charla, sentí que todo lo que representaba mi pasado se había convertido en un ancla. Deseé las llamas, quise perder todo en el fuego. La limpieza total de la ceniza. Decidí que la herencia me hacía inmune al toque de la inspiración y actué en consecuencia. Vacié paredes y cajones, cada objeto me asfixiaba. Al limpiar, recuperé el asma infantil, me inundó el olor a tierra y el polvo intruso en mi nariz. Amontoné en la mesa del comedor cuadros, estatuillas, fotos, postales, estampitas, copias de los expedientes, papeles de la baja del auto, la póliza cobrada de los seguros de vida, los imanes desparejos de la heladera. Las circunstancias de mi personalidad estaban frente a mí. Pocas veces uno puede tomar todo su pasado, observarlo y, necesariamente, destruirlo.
Llevó semanas. Tomé los objetos uno a uno y repetí el mismo procedimiento: una descripción sobreadjetivada, densa. Luego, una revisión en detalle: deshacer el ovillo de los recuerdos y tirar de cada una de sus puntas. Traer el pasado al presente para escribirlo, para exorcizarlo. Una vez escrito, el objeto iba a una caja que, cuando se llenaba, terminaba en la calle. La primera vez fui de noche, me sentí un ladrón de mí mismo. A la mañana siguiente, junto al contenedor, solo quedaban algunas porcelanas rotas y un par de fotos despintadas entre el líquido de la basura. Pude ver mi cara de niño deshacerse entre el fluido iridiscente, mezcla de aceite y agua turbia. Al volver a mi casa la sentí ligera, vibrante; el aire parecía recorrerla con mayor facilidad para oxigenarla. Por unas semanas creí que eso era todo.
Una noche, cuando invité a Fidel a cenar, halagó mi nuevo estilo. Lo llamó japonés, o nórdico. Examinó mi biblioteca, más desabrida, los libros arrinconados hacia la izquierda, la mitad derecha completamente vacía. Me ofreció “alguna cosita” para darle un poco de vida. Agradecí repetidas veces hasta que entendió que no quería nada nuevo.
La despedida después de la cena fue corta. Quiso sacar el tema de la escritura. Iba a publicar un libro de cuentos, que al parecer trataba de su infancia y adolescencia. Me vi prendiendo un sahumerio, sabiendo que mi amigo no los toleraba. Sospecho que entendió la señal o al menos su incomodidad frente a ellos era real, porque se fue antes del postre. Quedé solo entre el humo que trepaba por las paredes silenciosas, danzando en el techo con sus dedos oscuros.
El alba me encontró fumando de cara al patio. El sol me reveló las baldosas en damero. En una fantasmagórica doble imposición, vi (recordé) mis juegos de chico, escuché las risas y sentí el deseo de escribir mi memoria. Aún con la casa vacía aparecía el yo, aborrecible, omnipresente.
Durante días reescribí mis episodios de infancia: malos, buenos, oscuros, felices, comunes, escasos. Busqué elipsis y huecos para llegar a donde no había llegado. Las semanas pasaron. Vacié mi cabeza de recuerdos, imprimí plasmé letras sobre cumpleaños, familiares y desencantos. Recordé el olor de la merienda, el dolor de un raspón, el sabor de la vergüenza. Sufrí las risas de mis compañeros y las silencié sobre la página. Me sumergí en habitaciones oscuras, reviví la mano que me dejaría marca, el quemar de su roce indeseado, su aliento podrido. Al releer, solo veía la distancia con la persona de papel. La tinta no alcanzaba la profundidad de la vida, inabarcable sobre la hoja. Juzgué que sería un defecto de mi escritura. Sin embargo, una y otra vez aparecía. Yo, yo, yo. La defectuosa y lastimera reflexión sobre lo propio, ¿podría estar hecha sólo de esa sustancia mi literatura? No había caso, seguía contaminado: al poco tiempo la casa estaba en venta.
Conseguí un trueque a todas luces desfavorable: una pila de billetes por la casa de mi infancia. Nunca entendí la lógica fantasiosa del dinero. Sé que me alcanzó para un departamento acorde a mi soledad. Guardé los fajos bajo el colchón, a falta de otros muebles. En mi nueva vida no agregué objetos innecesarios. Me mudé en un único tramo, caminando. Cargué dos cajas de libros, un bolso con siete mudas de ropa, mi computadora, una caja de fósforos, un neceser, lapiceras y una resma. Las zapatillas las llevé puestas.
En mi nuevo ambiente, empecé a despertarme al alba, al minuto exacto del amanecer. No recuerdo una fecha concreta. Iba al escritorio donde me esperaban la computadora con un documento y el atado de cigarrillos, ya abierto, inclinado, mirándome. Me alcanzaba con la carpeta de mis escritos centrada en la pantalla y un cenicero, el resto fue eliminado. Debí desconectar la alarma de incendios, una y otra vez alterada por mi tabaquismo.
Al mudarme, conocí a mi vecina Ana. Pudo ser una historia de amor, pero quedó en un primer capítulo. Me invitó a tomar algo, me hizo reír y avergonzarme. Sentí el calor en la cara y eché culpas al café. Entre tazas vacías, condenó nuestro futuro con una sonrisa que invadió mi cabeza y desbordó en tinta. Su imagen volvió a casa conmigo, a pesar de no tener coraje para invitarla. Al escribir, la veía entre el humo, sentada sobre el escritorio, balanceando las piernas en el aire; sus ojos, chispa suficiente para encender la mente que prende veloz como la estepa. Cada línea estallaba de ella, las frases concatenadas dibujaban una y otra vez su mente, su cuerpo, su risa. El pozo de mi creación abandonó la nostalgia para envenenarse de amor. Escribía lo que le había querido decir. Pasados los fuegos artificiales, las luces y el estruendo, solo el olor a pólvora habitaba el papel. No lo soportaba.
Mantuve la más casual de las relaciones, apenas cruces en el pasillo, mantener la puerta abierta en un día de lluvia o comentar en el ascensor los vaivenes del clima. Primero ella intentó sostener el juego. Siempre lograba notar algo en mi ropa, aunque no fuesen más que remeras blancas, idénticas. Una vez me acomodó el pelo, incluso ofreció darme un corte. Me contó de su padre, que ya no estaba. De la maquinita que “le dio cosa” tirar, de cómo le cortaba el pelo. Sentí su realidad invadir mi ficción. “Gracias”, fue lo único que logré responder. Cada encuentro encendía de nuevo mi fantasía que debía ser liberada en trazos, ahogada en tinta. Luego, al volver sobre mis letras, rompía hojas llenas de cursilerías y lugares comunes.
Una nueva reunión con Fidel me reveló, junto a su cara de preocupación, mi problema. Según él, yo no debía leer mis escritos, no mientras los odiara. No mientras que, en el fondo, me odiara a mí mismo. Establecimos un plan para desplazar esa voz editorial que me susurraba críticas una y otra vez. Escribiría solo a mano y luego de mis sesiones metería las hojas en un sobre papel madera, lo dejaría en el palier y sería recuperado por él. A cambio, traería mis encargos a la puerta, recompensas por mi trabajo. Pasados algunos meses, Ana pasó a recoger los sobres. Por comodidad, dijeron. Un domingo, su puerta abierta reveló a Fidel dentro del living de ella, en la comodidad de entrecasa.
Mis necesidades eran pocas: nuevas plumas que doblaba bajo mi puño y botellas de tinta para recargar los cartuchos. Cuando mi presupuesto peligró, prioricé mi escritura: abandoné las cajas de cigarrillos. No tenía ropa sin manchas azules, no valía la pena comprar nada nuevo. Mi lujo era uno solo: velas, varias velas con las que adornaba mi mesa de trabajo. Su brillo me llevaba a los fuegos fatuos del campo. A veces me dormía mirando la llama, la acariciaba, veía su diente deseoso, sentía su ardor, su voluntad de ser todo, de purificar como hacía mi escritura. Tomé la costumbre de apagarlas entre mis dedos, dejando la luz morder la pinza entre mi pulgar e índice.
Releí cada uno de mis libros hasta el hartazgo. Marqué sus páginas, doblé sus puntas, los manché y mojé, anoté cada margen. Aún recuerdo cuando retomé mis libros favoritos y descubrí, con horror, cómo mi escritura era espejo y copia de mis lecturas. Todo cuanto escribí, había sido escrito. Todo cuanto dije, había sido dicho. Leí recuerdos que creía propios: la cara concentrada de mi madre leyendo en la cena, las voces en personaje de mi padre bajo el árbol que habría de caer durante una tormenta. Incluso la mejor madera se tumba, sus leños destinados a la hoguera.
Hace unas horas, tomé uno de mis libros más vistosos, tapa dura, letras doradas, heredado. Su imagen se multiplicó sobre la bacha de aluminio en la cocina. El fósforo no fue difícil de prender. Sostuve a Robinson Crusoe a pocos centímetros sobre la llama, el aire enturbiado por el calor. Temeroso de lo que estaba por hacer, dejé que el fósforo se consumiera entre mis dedos. Apilé toda mi colección fuera de la biblioteca, junto a la puerta, lista para dársela a Fidel.
Recién vi la modesta acumulación de libros, vi el escritorio cubierto de hojas, vi las sábanas embriagadas de humo, vi un espejo y los restos de un hombre que solo quería escribir.
Voy a escribir hasta que las velas ardan. Solo el fuego y las letras purifican.
Encontramos este diario entre las cenizas, dentro de una caja metálica. La puerta estaba cerrada desde adentro, el timbre roto, la alarma de incendios desconectada. Del departamento solo quedó hollín y los restos de una vela.
Los cuentos a continuación provienen de los sobres entregados aún en vida.
Este es un adelanto del libro de cuentos que estoy terminando de editar. Si te interesa el resto, o querés hablar de una edición/publicación, escribime.